LOS ÁNGELES EN LA VIDA DE LA IGLESIA: UNA VISIÓN DE LOS SANTOS PADRES
PBRO. AXEL IVAN PERALTA BERMÚDEZ
Dentro de la Sagrada Escritura encontramos en muchos y diferentes pasajes la existencia de seres espirituales llamados ángeles, dichos seres forman parte de la realidad celeste, pero a su vez están en el mundo para ayudar al ser humano, están para servirle y protegerle, Él te encomendará a sus ángeles para que te guarden en todos tus caminos, y ellos te levantarán en sus palmas para que tus pies no tropiecen en las piedras[1]. Los ángeles están presentes en casi todas las páginas de la Biblia, ayudando a Agar[2], a Gedeón[3], a los Apóstoles presos[4] e incluso confortando al mismo Jesucristo momentos antes de su Pasión[5]; de igual modo los vemos cumpliendo diferentes funciones en el cielo como alabando a Dios[6], tocando trompetas[7] y acompañando al Hijo del hombre[8]. La existencia de estos seres es innegable para la Iglesia, incluso el mismo Catecismo afirma lo siguiente: “La existencia de seres espirituales, no corporales, que la sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición” (no. 328).
Estos seres espirituales no fueron ajenos al pensamiento de los Santos Padres, de ahí que varios de ellos hacen reflexiones sobre estos seres celestes en homilías, prédicas y escritos, nos ayudan a comprender parte de su naturaleza y su razón de ser en la creación. Los Padres de la Iglesia afirman su existencia y el contacto constante con los seres humanos. El fruto de su reflexión se basa en los pasajes de la Sagrada Escritura, no especulan cosas que pudieran dar paso a malas interpretaciones, a modo de los gnósticos que afirmaban que algunos ángeles se encarnaron para ciertas misiones en la tierra[9], o como afirmaban los maniqueos al decir que algunos ángeles se unieron sexualmente a mujeres pecadoras[10].
En este artículo revisaremos y reflexionaremos sobre estos seres espirituales a la luz de lo que han dicho los Padres de la Iglesia, teniendo en cuenta que nuestra diócesis de Orizaba se encuentra bajo la protección de san Miguel arcángel. Abordaremos diferentes textos que nos ayudaran a comprender la misión de los ángeles en el cielo y en la tierra, para así comprender la grandeza de su ser y la gran ayuda que tenemos de parte de ellos para nuestra vida espiritual y para la vida pastoral en la Iglesia.
Necesario es afirmar en un primer momento que los ángeles son seres espirituales creados por Dios, pero no se asemejan al Espíritu Santo, es decir, los ángeles no son de la misma sustancia de Dios, son divinos en tanto que participan y se les ha otorgado la santidad por parte de Dios mismo, así lo afirma Dídimo el Ciego: Provienen de Dios [los ángeles] puesto que los creó por propia decisión, como todas las demás cosas; son santos, una vez que, como todos los hombres, fueron santificados; son espíritus, porque respecto de nosotros son incorpóreos, pero nunca se les designa como espíritus de Dios, que proceden de Padre, divinos, espíritus de la verdad o de santidad, sino que se les llama ángeles, ministros o servidores y cuerpos celestes, puesto que se hallan a una distancia infinita del increado Espíritu de Dios, de acuerdo con lo que el experto apóstol escribe: Hay cuerpos celestes y cuerpos terrestres (1 Co 15, 40). Pues, así como el soplo de los vientos no se asemeja a los ángeles, así estos no son semejantes al Espíritu Santo de Dios[11].
Los ángeles participan de la vida celeste, pero no son igual que Dios, su sustancia recibe la santidad, no la tienen per se, la divinidad les es otorgada por decisión de Dios, la santidad no es propia de su naturaleza, san Basilio lo expresa de la siguiente manera: Efectivamente, no son santas por naturaleza las potencias de los cielos, o de lo contrario no se diferenciarían en nada del Espíritu Santo; no, sino que tienen del Espíritu la medida de su santidad, en proporción de su recíproca superioridad. Así como, en efecto, pensamos en el cauterio junto con el fuego y, sin embargo, una cosa es la leña que arde y otra distinta el fuego, así también respecto de las potencias celestes, su subsistencia es, quizás, un soplo de aire o fuego inmaterial, según lo escrito: El que hace a sus ángeles espíritus, y a sus ministros llamas de fuego (Sal 103, 4), por lo cual están en un lugar y se hacen visibles manifestándose a los que son dignos en la forma corpórea familiar. Por consiguiente, la santificación, al ser de fuera de su substancia, les confiere la perfección mediante la comunión del Espíritu[12]. Los dos autores anteriores nos hablan de la importancia de reconocer a los ángeles como seres espirituales que participan de la santidad y divinidad de Dios, más no son santos y divinos en su naturaleza, ya que incluso un ángel puede dejar de ser santo y abandonar la divinidad que se le otorga como un don.
Cuando hablamos de ángeles, inmediatamente pensamos en estos seres espirituales que alaban y sirven a Dios eternamente, pero a la luz de los Santos Padres, se nos aclara que la palabra ángel hace alusión al oficio que desempeñan, mientras que su naturaleza es espiritual, de tal modo que puede haber espíritus que no son ángeles, solo se convierten en esto cuando son enviados por Dios, esto lo sabemos gracias al Doctor de la Gracia: Que hace ángeles a sus espíritus, y fuego abrazador a sus ministros (Sal 103, 4). Y esto aunque no veamos nosotros a los ángeles, pues se ocultan a nuestros ojos, pero se hallan presentes en el gran reino de Dios Emperador, ya que sabemos por la fe que existen ángeles y leemos que se aparecieron a muchos, lo cual no es lícito negar. Los ángeles son espíritu, pero no por ser espíritu son ángeles. Cuando son enviados, se denominan ángeles. Pues la palabra ángel es nombre de oficio, no de naturaleza, si preguntas por el nombre de esta naturaleza, se te responde que es espíritu; si preguntas por su oficio, se te dice que es ángel: por lo que es, es espíritu, por lo que obra, es ángel[13]. El oficio de estos seres espirituales nos hace pensar que no todos los espíritus que están con Dios son ángeles, de tal modo que esto se llega a dar cuando Dios manda a una misión específica.
Con lo anterior podemos afirmar que los espíritus que están con Dios reciben misiones que cumplen y que los hacen convertirse en ángeles o arcángeles, ya que según Gregorio Magno los arcángeles reciben misiones más sublimes que los hacen tener un “grado” mayor al de un ángel, haciendo eco de las palabras de san Agustín, el santo mencionado expresa lo siguiente: Hay que saber que el nombre de “ángel”, designa la función, no el ser del que lo lleva. En efecto, aquellos santos espíritus de la patria celestial son siempre espíritus, pero no siempre pueden ser llamados ángeles, ya que solamente lo son cuando ejercen su oficio de mensajeros. Los que transmiten mensajes de menor importancia se llaman ángeles, los que anuncian cosas de gran trascendencia se llaman arcángeles.
Por esto, a la Virgen María no le fue enviado un ángel cualquiera, sino el arcángel Gabriel, ya que un mensaje de tal trascendencia requería que fuese transmitido por un ángel de la máxima categoría.
Por la misma razón, se les atribuyen también nombres personales, que designan cuál es su actuación propia. Porque en aquella ciudad santa, allí donde la visión del Dios omnipotente da un conocimiento perfecto de todo, no son necesarios estos nombres propios para conocer a las personas, pero sí lo son para nosotros, ya que a través de estos nombres conocemos cuál es la misión específica para la cual nos son enviados. Y; así, Miguel significa: “¿Quién como Dios?”, Gabriel significa: “Fortaleza de Dios” y Rafael significa: “Medicina de Dios”.
Por esto, cuando se trata de alguna misión que requiere un poder especial, es enviado Miguel, dando a entender por su actuación y por su nombre que nadie puede hacer lo que sólo Dios puede hacer. De ahí que aquel antiguo enemigo, que por su soberbia pretendió igualarse a Dios, diciendo: Escalaré los cielos, por encima de los astros divinos levantaré mi trono, me igualaré al Altísimo, nos es mostrado luchando contra el arcángel Miguel, cuando, al fin del mundo, será desposeído de su poder y destinado al extremo suplicio, como nos lo presenta Juan: Se trabó una batalla con el arcángel Miguel (Ap 12, 7).
A María le fue enviado Gabriel, cuyo nombre significa: “Fortaleza de Dios”, porque venía a anunciar a Aquel que, a pesar de su apariencia humilde, había de reducir a los principados y potestades. Era, pues, natural que aquel que es la fortaleza de Dios anunciara la venida del que es el Señor de los ejércitos y héroe en las batallas.
Rafael significa, como dijimos: “Medicina de Dios”; este nombre le viene del hecho de haber curado a Tobías, cuando, tocándole los ojos con sus manos, lo libró de las tinieblas de su ceguera. Si, pues, había sido enviado a curar, con razón es llamado “Medicina de Dios”[14].
A propósito de la próxima fiesta de la diócesis de Orizaba, encontramos en la homilía de san Gregorio una referencia a la excelsa tarea que Dios otorga al arcángel Miguel, la gran tarea de derrocar a todo aquel que quiera ser igual que Dios. Con lo visto en los dos autores anteriores, el diácono, el presbítero y el obispo se debe preguntar si verdaderamente cumple su misión sacerdotal a tal grado de asemejarse a los ángeles en obediencia a Dios, según su grado en el orden sacerdotal.
Cuando se habla de los ángeles, debemos recordar que existe entre ellos una jerarquía dada por Dios, de tal manera que la Sagrada Escritura nos expresa nueve diferentes nombres de espíritus que sirven a Dios. El Pseudo Dionisio Areopagita, con base en lo anterior y con base en su maestro Hieroteo expresa lo siguiente: La Escritura ha cifrado en nueve los nombres de todos los seres celestes, y mi glorioso maestro los ha clasificado en tres jerarquías de tres órdenes cada una. Según él, el primer grupo está siempre en torno a Dios, constantemente unido a él, antes que todos los otros y sin intermediarios. Comprende los santos tronos y los órdenes dotados de muchas alas y muchos ojos que en hebreo llaman querubines y serafines. Conforme a la tradición de las Santas Escrituras están colocados inmediatamente junto a Dios y a su alrededor, más cerca que ninguno de los otros. Este triple grupo, dice mi célebre maestro, forma una sola jerarquía que es la primera. Sus miembros disfrutan de igual estado. Son los más divinizados y los que reciben primero y más directamente las iluminaciones de la deidad. El segundo grupo, dice, lo componen potestades, dominaciones y virtudes. El tercero, al final de las jerarquías celestes es el orden de los ángeles, arcángeles y principados[15].
El Pseudo Dionisio es consciente de que esta clasificación no está de manera literal en la Sagrada Escritura, advierte que es fruto de la especulación de su maestro y que ahora él hace eco de ello, por lo tanto para tener una fundamentación en la Sagrada Escritura recurriremos a Isidoro de Sevilla, el cual hace una clasificación parecida a la anterior, pero con detalles en el libro de Ezequiel: Las Sagradas Escrituras atestiguan que las categorías u órdenes angélicos son nueve, a saber: ángeles, arcángeles, tronos, dominaciones, virtudes, principados, potestades, querubines y serafines. El número de estos órdenes lo expresa asimismo el profeta Ezequiel con otros tantos nombres de piedras preciosas cuando habla de la primacía del ángel prevaricador: Tu ornamento, -dice- eran todas las preciosidades: el rubí, el topacio, el diamante, el crisólito, el ónice, el berilo, el zafiro, el carbunclo, la esmeralda (Ez 28, 13). Con esta gama de piedras preciosas han sido designados los mismos órdenes angélicos, que, como incrustados en el vestido que le servía de adorno, llevaba el ángel rebelde antes de su caída, quien, al reconocerse, en parangón con ellos, más hermoso que todos, al instante se envaneció, exaltando su corazón con arrogancia. Los ángeles se complacen siempre en Dios, no en sí mismos. El diablo, en cambio, es malo, porque no buscó la gloria de Dios, sino su propio interés. Pero no existe mayor iniquidad que pretender uno gloriarse no es Dios, sino en sí mismo[16].
Los ángeles son pieza fundamental en la vida de la Iglesia y de los hombre, de ahí que su ayuda sea necesaria para crecer espiritualmente y ascender a la vida eterna, es por ello que merecen un respeto especial y una profunda veneración y reverencia cuando se invoca a alguno de ellos, tan grande es la tarea de los ángeles que Sofronio de Jerusalén los invoca con una serie de nombres que hacen honor a su belleza: Vosotros sois lo que recorréis los cielos con veloz carrera, los que voláis por los aires con movimiento muy rápido e impetuoso, vosotros estáis presentes en todos los espacios etéreos y celestes; vosotros sois custodios y acompañantes de todos los seres humanos, cumplís perfectamente la voluntad del Creador, escucháis sin intermisión el sonido de su voz; vosotros crecéis y os perfeccionáis con un constante progreso, pues solo en Dios no hay cambio alguno. Sois llamados cuerpos celestes, espíritus y tabernáculos de Dios, también se os designa como carbones, torbellinos y llamas ardientes, como iniciados e intérpretes de los divinos misterios, amigos y cantores del Rey del universo, e igualmente como servidores y ministros de los ritos sagrados[17].
Los ángeles están presentes en la vida de la Iglesia, en la pastoral y en la liturgia, es necesario que aprendamos a invocarlos pidiendo su ayuda e intercesión para poder emprender nuestra tarea en la Iglesia, es por ello que san Hipólito afirma que la Iglesia, como nave que avanza por el mar tempestuoso, nunca ha dejado de ser gobernada y protegida por los ángeles[18]. De ahí que los ángeles cuiden las diócesis de toda asechanza del enemigo, por ello en el libro del Apocalipsis se habla de los ángeles de las Iglesias[19], incluso el mismo Orígenes asegura que el obispo y los ángeles custodian la Iglesia particular a ellos confiados: Hay dos obispos en la Iglesia: uno visible y otro invisible, que participan en el mismo cometido[20].
Estos seres celestiales platican con Dios sobre lo que ven en la tierra y así es como los difuntos pueden conocer lo que hacen los vivos en la tierra, san Agustín lo expresa de esta manera: Los muertos también pueden saber por medio de los ángeles, prontos a ayudar en los asuntos que se desarrollan aquí, todo lo que Aquel a quien le están sometidas todas las cosas juzga que debe saber cada uno de ellos. En efecto, pues si no hubiese ángeles que pudiesen estar presentes en los lugares, tanto de los vivos como de los muertos, no hubiese dicho el Señor Jesús: Se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Luego pudieron estar tanto aquí como allí, porque llevaron desde aquí hasta allí al que Dios quiso[21].
A modo de conclusión debemos tener en cuenta la grandeza de estos seres que hacen tanto bien a la Iglesia y a los fieles, ayudan a todo aquel que busca sinceramente a Dios, el mismo sacerdote está siempre rodeado de ellos en todo momento, pero con especial predilección en el momento de la Eucaristía, nos lo recuerda san Juan Crisóstomo en uno de sus escritos: Los ángeles rodean al sacerdote. Todo el santuario y el espacio alrededor del altar están ocupados por las potencias celestiales, para honrar a Aquel que está presente sobre el altar[22]. Su ayuda es fiel para con todos nosotros, ellos velan por nuestra salvación, por ello es bueno que nos ocupemos de saber más de ellos y conocer sobre su acción en la Iglesia y en cada uno de nosotros, siguiendo con el glorioso Boca de Oro, debemos ocuparnos de los bienes celestiales que nos competen y que incluyen a los ángeles, y dejar un poco las cosas del mundo que muchas veces no son provechosas: ¿Qué es más provechoso: entretenerse en menudencias a propósito de nuestro vecino de casa y sus asuntos, interesándonos, curiosamente, en negocios ajenos, o investigar las cosas de los ángeles y lo que nos es verdaderamente saludable? Los bienes de nuestros vecinos no son nuestros, mientras que sí los bienes celestiales
[1] Sal 91, 11-12
[2] Gn 21, 17
[3] Cfr. Jue 6
[4] Hech 5, 19
[5] Lc 22, 43
[6] Dn 3, 58
[7] Cfr. Ap 8
[8] Mt 25, 31
[9] Cfr. PONS Guillermo, Los ángeles en los Padres de la Iglesia, Ciudad Nueva, Madrid, 2003, p. 19
[10] Cfr. Ibidem, p. 20
[11] DÍDIMO de Alejandría, La Trinidad, II, 4
[12] Cfr. BASILIO de Cesarea, El Espíritu Santo, Ciudad Nueva, Madrid, 2015, p. 168-176
[13] AGUSTÍN, Enarraciones sobre los salmos, 103, 1, 15
[14] GREGORIO Magno, Homilías sobre los Evangelios, 34, 8-9
[15] PSEUDO Dionisio Areopagita, Obras completas, Los nombres de Dios, Jerarquía Celeste, Jerarquía Eclesiástica, Teología Mística, Cartas Varias, BAC, Madrid, 2007, p. 124-125
[16] ISIDORO de Sevilla, Los tres libros de las “Sentencias”, I, 10, 15-16
[17] SOFRONIO de Jerusalén, Sermón 6° Panegírico de los ángeles y arcángeles
[18] HIPÓLITO, Del Anticristo, 40
[19] Cfr. Ap 1, 20
[20] ORÍGENES, Homilías sobre el Evangelio de san Lucas, 13
[21] AGUSTÍN, De cura pro mortuis gerenda (La piedad con los difuntos), XV, 18
[22] JUAN Crisóstomo, Del sacerdocio, VI, 4
[23] JUAN Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de san Juan, 18