JERÓNIMO DE ESTRIDÓN. ESCRITOR EN EL PARNASO DE LOS SANTOS CONTROVERTIDOS.
José Alberto Hernández Ibáñez
Patrólogo. Ciudad de México. Director IPM
Sofronio Eusebio Jerónimo nació en la ciudadela (o fortaleza) de Estridón, en Dalmacia (hoy Liubliana, en Eslovenia). Lo encontraremos hacia el año 360 en Roma como estudiante de gramática y retórica. Allí conoció a Rufino de Aquileia, con quien sostuvo una amistad más o menos duradera a la vez de una común dedicación por las traducciones del griego al latín; ambos mantuvieron un interés peculiar por la literatura y por la inquietud del cristianismo. Jerónimo mismo cuenta que, junto con sus amigos, visitaba las catacumbas de los apóstoles y mártires el domingo. Esta fue una motivación que lo condujo después a frecuentar los círculos monásticos de Roma.
En torno a su deseo de ser monje existen muchos datos inciertos que a veces se tornan legendarios. Lo cierto es que viajó a Antioquía y allí tuvo una experiencia monástica al lado de Evagrio, además de vivir como eremita en el desierto de Calcis. Durante su ascenso espiritual tuvo siempre el deseo de consagrarse al saber, por lo que se dedicó al estudio del griego y del hebreo, conoció a Apolinar de Laodicea y pronto se encontró con la obra de Orígenes, la cual estudió y tradujo en algunas partes.
De regreso a Roma, Jerónimo se convirtió en secretario del papa Dámaso. A la muerte del pontífice, Jerónimo acarició la posibilidad de ser el sucesor, a pesar de ser simplemente un presbítero. Jerónimo era mal visto por su radicalidad ascética, por su carácter hostil, humor hiriente, y por una especial habilidad literaria que le permitía excitar virulentas polémicas con cualquiera, motivo por el cual no le fue concedido el cargo pontificio, ascendiendo al trono de Pedro, Siricio.
Fracasado en su proyecto episcopal, zarpó en el 385 hacia Jerusalén con algunos seguidores. Un año más tarde, habiendo visitado Chipre, Antioquía y Egipto, llegó a Palestina. A partir de entonces Jerónimo desarrolló su obra entrando de lleno en la controversia origenista y en la labor de traducción de la Biblia, la sí denominada Vulgata, en el monasterio de Belén, junto con un grupo que trabajó en esta valiosa empresa.
Murió el 30 de septiembre del 419 o 420 en Belén. Figura como doctor de la Iglesia de Occidente junto con Ambrosio, Agustín y Gregorio Magno.
Se le reconoce como traductor de la Sagrada Escritura. La versión latina de la Vulgata es la magna obra de Jerónimo y ha sido comparada con la Biblia de los LXX y con las Héxaplas origenianas. El De viris illustribus es la protopatrología, un elenco de autores basado en las listas de célebres obispos escritores, iniciadas por Eusebio de Cesarea en la Historia eclesiástica; Jerónimo recopiló los datos biográficos y literarios de los hombres ilustres del cristianismo, desde Pablo hasta la mención de sí mismo. Esta obra tuvo como continuadores a Genadio de Marsella, Isidoro de Sevilla e Ildefonso de Toledo. Las Cartas de Jerónimo son un corpus significativo de su producción literaria. Constituyen ciento cincuenta y cuatro, descontando otras treinta y cuatro que no son de su puño, sino a él dirigidas.[1]
Jerónimo estaba dotado de buena sensibilidad filológica, pero a decir de sus críticos era de constitución psíquica frágil, lo cual se disimulaba con la exigencia ascética. [2] Se le percibe de cerca como un individuo de carácter melancólico y colérico que detentaba superioridad espiritual e intelectual, lo cual le permitía autoafirmarse socialmente, no sin generarle enemistades perennes. No hay que olvidar que Jerónimo era un aristócrata con una personalidad persuasiva y modeladora, influyente en las clases altas, deseoso por conquistar ese tipo de públicos hacia el mismo ideal; tenía la clara intención de formar una élite ascético-intelectual para exaltar la latinidad cristiana. Así lo manifiesta a sus amigos Cromacio, Jovino y Eusebio, manifestándoles la nostalgia de la lengua materna mientras vive la experiencia monástica en el desierto de Calcis:
Ahora converso con vuestra carta, la abrazo, y ella conversa conmigo, porque aquí sólo ella sabe latín.[3]
La lectura del epistolario jeronimiano invita al descubrimiento de la caracterología del autor, apoyada, sobre todo, en su talento literario, donde se descubre el temperamento del hombre de su época; analítico y altamente emocional, donde pasa del desahogo personal al breve tratado de argumento exegético o ascético, de la consolatio al encomio, del ataque polémico a la exaltación de los propios ideales. Es aquí donde está todo Jerónimo, el exégeta refinado, el asceta intransigente, el polemista irritante, siempre tenso atrayendo sobre sí la atención de la gente de cultura y de letras en una densidad de escritura colorida y brillante que anima muchas páginas sugestivas que nos haya dado la literatura antigua. Pero, Jerónimo repetiría lo mismo con la siguiente expresión:
¡Qué le vamos a hacer! No tengo fuerzas para dejar de decir lo que siente mi corazón.[4]
Aunque nuestro personaje haya sido un autor prolijo, debemos distinguir entre sus momentos literarios y la propia vida; no toda su personalidad está reflejada en sus escritos, ni estos traducen todos sus rasgos biográficos. De hecho, una prosopografía patrística define los matices de la personalidad del autor en cuestión a través de las afirmaciones doctrinales, se conjuga el carácter humano con el énfasis teológico; la estructura espiritual y la convicción de principios confirman la forma mentis y la intervención histórica del personaje.[5] El Epistolario jeronimiano representa una parte de la labor intelectual del este presbítero latino destacado, fue la forma de comunicación habitual que aprovechó dentro de las reglas retóricas de su época, donde pudo construirse una personalidad sincera o una ficción literaria. Está claro que muchas de las reacciones interpersonales cultivadas por Jerónimo están ancladas en sus convicciones y en sus propias trampas espirituales; se deja conocer como un hombre franco, claridoso, arrebatado por los momentos de mal humor, mismos que contrastan, paradójicamente, con los cumplidos de remanso afectivo que se permite dictar como ardiente amante.
Este santo Padre se presta para ser explicado con el cinescopio en blanco y negro, con el incómodo dualismo de la amistad y la enemistad,[6] pero si hacemos la suma de sus contrincantes son los menos a diferencia de las personas con las que convivió y amó, a su modo, personas que lo aceptaron y lo siguieron por largas temporadas, incluso hasta la muerte. Los exabruptos de carácter que todo ser humano tiene, y que muchos santos han experimentado, no son clave para calificar de modo apodíctico la calidad humana del otro. Esto, sin embargo, no lo consideró Jerónimo en su momento, luciéndose con la poética creando juicios y versiones lapidarias hacia sus correspondientes, haya sido para bien o para mal. Él mismo se auto describe con expresiones dignas de la tragedia griega o con la culpa del pecador que se golpea el pecho con una piedra. Jerónimo es el león manso con el que se le representa en la iconografía, que sufre una interioridad ascética que lo somete, pero que no es capaz de frenarle la garra del instinto que profiere feroces sentencias cual bestia apocalíptica (Ap 13,5).[7]
En este capítulo sobre la personalidad de Jerónimo falta explorar, en el resto de su obra, el temperamento del exégeta imaginativo que hace volar el espíritu del lector en la comprensión de la Sagrada Escritura,[8] su genio interpretativo es su verdadero talento de traducción, no se conforma con la mística enceguecedora de la exégesis de Orígenes, o la de Dídimo, de quien comenta:
Mi Dídimo, que tiene los ojos de la Esposa del Cantar de los Cantares y aquella mirada que Jesús mandó alzar hacia las mieses que blanquean, mira mucho más alto y nos devuelve la antigua costumbre de llamar vidente al profeta. Sin duda que quien lea este libro podrá reconocer los robos de los latinos[9] y despreciará los riachuelos, cuando haya comenzado a beber de la fuente.[10]
Con una tipología adaptada a la comprensión del oyente occidental, Jerónimo juega con la alegoría origeniana y con el entretenimiento de la lengua hebrea, dejándonos nuevas dudas y desafíos para continuar la búsqueda de la ciencia divina. Pero así son los retóricos, engañosos y geniales, amados y odiados, accesibles e inabarcables. Jerónimo ha escrito un Carmen pro vita sua con sus múltiples afirmaciones, la Tradición cristiana lo ha colocado para siempre en el parnaso de los santos controvertidos.
[1] Cf. HERNÁNDEZ IBÁÑEZ, José Alberto, Patrología didáctica, Verbo divino, Navarra 2018, 241-242
[2] Para profundizar sobre la personalidad de san Jerónimo, cf. HERNÁNDEZ IBÁÑEZ, J. A, La epístola como ejercicio de auto descripción de la personalidad en Jerónimo de Estridón, Efemérides Mexicana, UPM, Vol. 38, N. 113, mayo-agosto 2020, 200-227.
[3] Ep. 7, 2. A Cromacio, Jovino y Eusebio, en San Jerónimo, Obras completas. Epistolario I, BAC, Madrid, 1993, 96
[4] Ep. 7, 6. BAC, I, 99
[5] El estilo del mártir Ignacio de Antioquía produjo una literatura epistolar de carácter místico con repercusiones históricas innegables. El carácter rigorista y vehemente de Tertuliano, la pretensión política de Hipólito, el estilo dogmático de Cirilo de Alejandría, imprimió otros acentos que marcaron la participación eclesial, estos autores pasaron a la historia coloreados con esos tintes. Qué decir de Gregorio Magno, quien a juicio de sus biógrafos cursaba estados psíquicos alterados, pero que mitigaba con la intensa oración, creando formas literarias que proyectaban una escatología tremendista y angustiante. Cf. STRAW, C., Gregory The Great. Perfection in Imperfection, University of California Press, 1991.
[6] Cf. J. BROCHET, Saint Jérome et ses ennemis, Paris 1906
[7] “Palabras grandilocuentes y blasfemias”. Con este juicio imitamos el estilo jeronimiano.
[8] Cf. KELLY J. N. D., Jerome: His Life, Writings, and Controversies, Peabody, MA, 1998, 214-220
[9] Latinorum furta: expresión frívola de Jerónimo aplicada a Ambrosio.
[10] Prólogo del Tratado sobre el Espíritu Santo de Dídimo el ciego. BiP 36, Madrid, 1997, 33-38