ALGUNOS RASGOS DE LAS ASOCIACIONES RELIGIOSAS EN LA ANTIGÜEDAD CRISTIANA  

José Alberto Hernández Ibáñez 

Patrólogo. Ciudad de México. Director IPM 

 

 

1.- El fundamento de la vida religiosa del hombre antiguo es la piedad. 

El mundo antiguo es una época misteriosa que se pierde en la fascinación religiosa. Egipto, Medio Oriente, Asia Menor, la Europa primitiva estaban impregnados de una sensibilidad irrenunciable por lo divino, donde no había separación entre religión, mito, política y sociedad, entre vida pública y vida interior. De hecho no podemos comparar la comprensión de la religiosidad del hombre antiguo con la del hombre pragmático contemporáneo. La configuración del religioso antiguo es la del hombre ascético, adorador, moral, esotérico, cultico, metafísico, místico, mistérico, en una palabra, el hombre piadoso que tenía la pretensión de “ser igual a Dios en cuanto fuera posible” (la homoiosis theo platónica del Teeteto 176b: La huida consiste en hacerse uno tan semejante a la divinidad como sea posible, semejanza que se alcanza por medio de la inteligencia, con la justicia y la piedad). Y eso no era cosa irrealizable ni exclusiva del cristianismo. El hombre antiguo tenía una estructura ética eurística, es decir, era un hombre buscador de la sabiduría, de la verdad, del bien, de la felicidad, de la paz, de la inmortalidad. Por ese motivo, los mismos sistemas de pensamiento helénico tenían la seria intención de convertirse en religión, con algo más que una vida comunitaria reglamentada. Términos como contemplación (theoria) y éxtasis (ataraxia) se convirtieron en lenguaje común y devinieron en prácticas espirituales que se orientaban al absurdo: encratismo, transmigración, retorno, ascenso cósmico, apátheia, hedonismo trascendente, mito redentor y liberador. En ese cuadro espiritual aparecieron las primeras imágenes de piedad cristiana, los primeros grupos fueron impulsados por una nueva interpretación de las maravillas de Dios, propagadores de una idea y de un estilo sin parámetros definidos. A esta nueva interpretación de la vida religiosa se le llamó: pístis kai eusebeia, fe y piedad. Los apóstoles de Jesucristo pasaban como judíos piadosos que maravillaban a otros hombres devotos con la elocuencia de su predicación (cf. Hech 2,5-7: ándres eulabeis euthaumazon), posteriormente, la personalidad del profeta, del taumaturgo, del catequista itinerante, fue el ícono del representante de una doctrina distinta que se propagó con las mismas características que tenían los mistagogos orientales, matemáticos, arúspices, astrólogos e inquietantes faquires que provenían de Oriente. La diferencia entre estos fue la actitud bondadosa controversial que los señalaba como tontos dentro de una sociedad sin esperanza (cf. Luciano de Samosata, La muerte del Peregrino). 

 

2.- El fundamento de la vida religiosa en el cristianismo primitivo es el carisma de la conciencia. 

Los apóstoles reunidos en el cenáculo no tenían propósitos de una organización, a ellos se les inspiraría lo que tendrían que decir en el momento oportuno (Mt 10,19), paulatinamente fueron identificados como un grupo diferente: los Doce, los Galileos, incluso una secta, o una nueva filosofía en la trama religiosa del pueblo. La Gran Iglesia era un grupo religioso en sí, identificado por sus así consideradas costumbres dudosas y ateas de frente al politeísmo materialista de la religión pagana (caníbales, incestuosos, ocultistas, lo cual fue objeto de la labor apologética de los orígenes). Desde este momento, las agrupaciones cristianas se desarrollaron como líneas polifacéticas de religiosidad alternativa, estas primeras tradiciones religiosas cristianas tuvieron su fuente en versiones apócrifas, populares y heterodoxas del misterio de Cristo, una cristología baja con un rango de sobrenaturalidad excesivo. Sin temor a equivocarnos los grupos carismáticos iniciadores fueron el Docetismo y el Gnosticismo como los más apegados al síntoma de la cultura del momento, la afirmación de una religiosidad del trascendente. Por otro lado, el Maniqueísmo fue el precursor de la vida monástica durante el siglo III, quien prosperó contundentemente con su epidemia soteriológica mediante el dualismo de la conciencia y la misionología de la  purificación como modelo más acabado de la vida religiosa y de la perfección cristiana. En paralelo a estos aparecieron unas ciento cincuenta formas de tendencia alternativa quienes se proclamaron auténticas interpretaciones del carisma de Cristo (Adamitas, Adelfagos, Acuarios, Asquitas, Barbeliognósticos, Ebionitas, Marcionitas, Mesalianos, Milenaristas, Ofitas, Teopasquistas). Ante la ausencia de una eclesiología globalizada, sin control del  dogma y sin cánones consensuados por un sentido de fuerte comunión de doctrina, surgió una sensibilidad religiosa desmesurada, entusiástica (en theos). 

 

La pionera vida religiosa agrupada en el cristianismo partió del paradigma del profeta iluminado dotado de una inspiración sobrenatural que se compartía, de ahí que los anacoretas perfilaron estructuras espirituales extravagantes que derivaron en movimientos fanáticos sagrados. El ejemplo de Antonio del desierto y de todos aquellos eremitas egipcios, sirios, africanos que copiaron imágenes del imaginario religioso de las prácticas ancestrales de la cultura mediterránea fueron inspiradores de otros fundadores quienes se atribuían la prerrogativa de ser encarnación del Espíritu Santo (Marción, Montano, Donato). ¿Cómo controlar la fuerza de la fe cuando la pretensión era vivir la vida angélica? La ascesis era un poder desarrollado por los hombres, un privilegio que otorgaba libertad para ascender a la vida superior. En palabras de Teodoreto de Ciro, quien escribió una Historia de los monjes, decía: En general, los monjes vivían como libres pájaros del cielo, sin reglamento de vida ni superiores que les legaran. Cada conciencia individual se comportaba como les parecía, consultando sus propias fuerzas. Las máximas de la Sagrada Escritura eran interpretadas siguiendo el carisma de su conciencia hasta volver a formas semisalvajes (estacionarios, dendritas, acemetos, boskoi, dementes –soloi, débiles mentales-, estilitas, hipetros, reclusos voluntarios, vagabundos, parabalanos, circumceliones, hordas de todo tipo y escuela). Reglamentar la locura del carisma era tanto como sofocar la santidad y era necesario en esas latitudes verificar esa santidad visible, evidente, con alto grado de esoterismo.  

 

3.- El fundamento de la vida religiosa es la reglamentación del espíritu. 

La experiencia espiritual de los grandes maestros y doctores cristianos del siglo IV fue la del retiro y la de vida ascética, sin embargo, esta era una práctica común entre los intelectuales clásicos quienes realizaban una especie de disposición anímica para alcanzar inspiración filosófica o literaria. La cultura había preparado un modo de ‘tiempo fuera’ para disponer las almas a una intelección de la vida interior, pero además fue un proceso sociológico para enriquecer las posibilidades de la supervivencia del carisma. Las primeras reglamentaciones cenobíticas obedecieron a perpetuar la doctrina de un maestro de anacoretas, así como los sistemas más acabados como el de Basilio de Cesarea, Pacomio, Evagrio, Agustín, Benito, Eucherio de Lyon, tuvieron la meta de resguardar el ideal de santidad dentro de los muros del convento, impulsar las sociedades de vida incluyentes y civilizar el mundo exterior con señales de ejemplaridad. La vida regular anunciaba la creación de un nuevo ciudadano del cielo, santo y sabio, promotor de una espiritualidad de protesta contra el relajamiento eclesial, un mártir voluntario que moría al mundo combatiendo las fuerzas más obscuras del mal, demostrando que la vida perfecta era la secuela Chisti en el cumplimiento de sus propósitos interiores. Esto tuvo su inicio cuando las formas cenobíticas desarrollaron el acuerdo del trabajo de los monjes basado en la oración (synaxis), en la pobreza que les facultaba la contemplación, ya que no consistía en renunciar a la riqueza sino poseer lo necesario para alcanzar la riqueza absoluta, de ahí que la austeridad era una regla (tener una túnica, un manto, una biblia y una celda). Esta primitiva regla agregó muchísimos consejos para que el monje enfrentase el combate a la tentación, sobre todo la acidia o tedio, por lo que se multiplicaron las prescripciones individuales, de modo que el santo eremita o cenobita se alejaba cada vez más de los centro sociales para asumir sus compromisos, movimiento que lo alejó de la vida litúrgica y sacramental (véase por ejemplo Apá Aphú, monje copto quien viviendo entre búfalos fue elegido obispo, este era conocido por asistir en pascua a la predicación y luego se perdía en las montañas, su elevación a la sede episcopal consistió de una cacería para convencerlo). Posteriormente se puso énfasis en la disciplina cotidiana, en la dieta (generalmente vegetariana, la carne y el vino estaban severamente prohibidos aunque algunas otros congregaciones hacían uso bacante del vino para alabar a Dios, los sabaraitas). Por supuesto, el ayuno constituía la nota pneumática (espiritual) de la disciplina, el maestro orientaba la práctica de este para controlar la vida súper mortificada. Después se reglamentó el vestido en hombres y mujeres, haciendo de este el primer signo de la vida comunitaria, compartiendo la misma ropa y los velos (las monjas utilizaban un velo que les cubría la cara llegándole hasta la cintura). Qué decir de la higiene, la ausencia de ésta fue considerada otro carisma sublime. Ya antes de Pacomio y de Benito de Nursia el voto de obediencia constituyó la regla de oro, acompañada con las obras buenas: limosna, caridad extrema, construcción de hospicios (Basilio y estilitas), trabajo manual e intelectual, práctica de la hospitalidad, etc., y así las más variadas versiones de reglamentación de la vida y de la ascesis. 

 

Conclusión  

El fundamento de la vida religiosa, desde la era apostólica hasta el surgimiento de la primera regla relevante en la historia, posiblemente la de Pacomio (333-348), fue el impulso vehemente por la trascendencia, una excitante pretensión escatológica por lo divino hasta la experiencia unitiva con lo sagrado. Desde mediados del siglo IV, tanto en Oriente como en Occidente, la socialización monástica perfiló un sistema de participación como vía de perfección con rasgos místicos y educativos que orientaron la labor civilizadora del cristianismo. Finalmente, las multiformes experiencias religiosas, impregnadas por los cambios políticos y eclesiales durante los siglos posteriores se fueron adaptando a las necesidades de los grupos, según los dictámenes humanos, hasta el refinamiento de la forma y expresión que conocemos hasta nuestros días.